Una Noche de Espanto de Anton Chejov

Palideciendo, Iván Ivanovitch Panihidin empezó la historia con emoción:

-Densa niebla cubría el pueblo, cuando, en la Noche Vieja de 1883 regresaba a casa. Pasando la velada con un amigo, nos entretuvimos en una sesión espiritualista. Las callejuelas que tenía que atravesar estaban negras y había que andar casi a tientas. Entonces vivía en Moscú, en un barrio muy apartado. El camino era largo; los pensamientos confusos; tenía el corazón oprimido...

"¡Declina tu existencia!... ¡Arrepiéntete!", había dicho el espíritu de Spinoza, que habíamos consultado.

Al pedirle que me dijera algo más, no sólo repitió la misma sentencia, sino que agregó: "Esta noche".

No creo en el espiritismo, pero las ideas y hasta las alusiones a la muerte me impresionan profundamente.

No se puede prescindir ni retrasar la muerte; pero, a pesar de todo, es una idea que nuestra naturaleza repele.

Entonces, al encontrarme en medio de las tinieblas, mientras la lluvia caía sin cesar y el viento aullaba lastimeramente, cuando en el contorno no se veía un ser vivo, no se oía una voz humana, mi alma estaba dominada por un terror incomprensible. Yo, hombre sin supersticiones, corría a toda prisa temiendo mirar hacia atrás. Tenía miedo de que al volver la cara, la muerte se me apareciera bajo la forma de un fantasma.

Panihidin suspiró y, bebiendo un trago de agua, continuó:

-Aquel miedo infundado, pero irreprimible, no me abandonaba. Subí los cuatro pisos de mi casa y abrí la puerta de mi cuarto. Mi modesta habitación estaba oscura. El viento gemía en la chimenea; como si se quejara por quedarse fuera.

Si he de creer en las palabras de Spinoza, la muerte vendrá esta noche acompañada de este gemido...¡brr!... ¡Qué horror!... Encendí un fósforo. El viento aumentó, convirtiéndose el gemido en aullido furioso; los postigos retemblaban como si alguien los golpease.

"Desgraciados los que carecen de un hogar en una noche como ésta", pensé.

No pude proseguir mis pensamientos. A la llama amarilla del fósforo que alumbraba el cuarto, un espectáculo inverosímil y horroroso se presentó ante mí...

Fue lástima que una ráfaga de viento no alcanzara a mi fósforo; así me hubiera evitado ver lo que me erizó los cabellos... Grité, di un paso hacia la puerta y, loco de terror, de espanto y de desesperación, cerré los ojos.

En medio del cuarto había un ataúd.

Aunque el fósforo ardió poco tiempo, el aspecto del ataúd quedó grabado en mí. Era de brocado rosa, con cruz de galón dorado sobre la tapa. El brocado, las asas y los pies de bronce indicaban que el difunto había sido rico; a juzgar pro el tamaño y el color del ataúd, el muerto debía ser una joven de alta estatura.

Sin razonar ni detenerme, salí como loco y me eché escaleras abajo. En el pasillo y en la escalera todo era oscuridad; los pies se me enredaban en el abrigo. No comprendo cómo no me caí y me rompí los huesos. En la calle, me apoyé en un farol e intenté tranquilizarme. Mi corazón latía; la garganta esta seca. No me hubiera asombrado encontrar en mi cuarto un ladrón, un perro rabioso, un incendio...No me hubiera asombrado que el techo se hubiese hundido, que el piso se hubiese desplomado... Todo esto es natural y concebible. Pero, ¿cómo fue a parar a mi cuarto un ataúd? Un ataúd caro, destinado evidentemente a una joven rica. ¿Cómo había ido a parar a la pobre morada de un empleado insignificante? ¿estará vacío, o habrá dentro un cadáver? ¿Y quién será la desgraciada que me hizo tan terrible visita? ¡Misterio!

O es un milagro, o un crimen.

Perdía la cabeza en conjeturas. En mi ausencia, la puerta estaba siempre cerrada, y el lugar donde escondía la llave sólo lo sabían mis mejores amigos; pero ellos no iban a meter un ataúd en mi cuarto. Se podía presumir que el fabricante lo llevase allí por equivocación; pero, en tal caso, no se hubiera ido sin cobrar el importe, o por lo menos un anticipo.

Los espíritus me han profetizado la muerte. ¿Me habrán proporcionado acaso el ataúd?

No creía, y sigo no creyendo, en le espiritismo; pero semejante coincidencia era capaz de desconcertar a cualquiera.

Es imposible. Soy un miedoso, un chiquillo. Habrá sido una alucinación. Al volver a casa, estaba tan sugestionado que creí ver lo que no existía. ¡Claro! ¿Qué otra cosa puede ser?

La lluvia me empapaba; el viento me sacudía el gorro y me arremolinaba el abrigo. Estaba chorreando... Sentía frío... No podía quedarme allí. Pero ¿adónde ir? ¿Volver a casa y encontrarme otra vez frente al ataúd? No podía ni pensarlo; me hubiera vuelto loco al ver otra vez aquel ataúd, que probablemente contenía un cadáver. Decidí ir a pasar la noche a casa de un amigo.

Panihidin, secándose la frente bañada de sudor frío, suspiró y siguió el relato:

-Mi amigo no estaba en casa. Después de llamar varias veces, me convencí de que estaba ausente. Busqué la llave detrás de la viga, abrí la puerta y entré. Me apresuré a quitarme el abrigo mojado, lo arrojé al suelo y me dejé caer desplomado en el sofá. Las tinieblas eran completas; el viento rugía más fuertemente; en la torre del Kremlin sonó el toque de las dos. Saqué los fósforos y encendí uno. Pero la luz no me tranquilizó. Al contrario: lo que vi me llenó de horror. Vacilé un momento y huí como loco de aquel lugar... En la habitación de mi amigo vi un ataúd...¡De doble tamaño que el otro!

El color marrón le proporcionaba un aspecto más lúgubre... ¿Por qué se encontraba allí? No cabía duda: era una alucinación... Era imposible que en todas las habitaciones hubiese ataúdes. Evidentemente, adonde quiera que fuese, por todas partes llevaría conmigo la terrible visión de la última morada.

Por lo visto, sufría una enfermedad nerviosa, a causa de la sesión espiritista y de las palabras de Spinoza.

"Me vuelvo loco", pensaba, aturdido, sujetándome la cabeza. "¡Dios mío!" "¿Cómo remediarlo?"

Sentía vértigos... Las piernas se me doblaban; llovía a cántaros; estaba calado hasta los huesos, sin gorra y sin abrigo. Imposible volver a buscarlos; estaba seguro de que todo aquello era una alucinación. Y, sin embargo, el terror me aprisionaba, tenía la cara inundada de sudor frío, los pelos de punta...

Me volvía loco y me arriesgaba a pillar una pulmonía. Por suerte, recordé que, en la misma calle, vivía un médico conocido mío, que precisamente había asistido también a la sesión espiritista. Me dirigí a su casa; entonces aún era soltero y habitaba en el quinto piso de una casa grande.

Mis nervios hubieron de soportar todavía otra sacudida... Al subir la escalera oí un ruido atroz; alguien bajaba corriendo, cerrando violentamente las puertas y gritando con todas sus fuerzas: "¡Socorro, socorro! ¡Portero!"

Momentos después veía aparecer una figura oscura que bajaba casi rodando las escaleras.

-¡Pagostof!-exclamé, al reconocer a mi amigo el médico-¿Es usted? ¿Qué le ocurre?

Pagastof, parándose, me agarró la mano convulsivamente; estaba lívido, respiraba con dificultad, le temblaba el cuerpo, los ojos se le extraviaban, desmesuradamente abiertos...

-¿Es usted, Panihidin? – me preguntó con voz ronca-. ¿Es verdaderamente usted? Está usted pálido como un muerto... ¡Dios mío! ¿No es una alucinación?

¡Me da usted miedo!...

-Pero, ¿qué le pasa? ¿Qué ocurre?-pregunté lívido.

-¡Amigo mío! ¡Gracias a Dios que es usted realmente! ¡Qué contento estoy de verle! La maldita sesión espiritista me ha trastornado los nervios. Imagínese usted que se me ha aparecido en mi cuarto al volver. ¡Un ataúd!

No lo puedo creer , y le pedí que lo repitiera.

-¡Un ataúd, un ataúd de veras! –dijo el médico creyendo extenuado en la escalera-. No soy cobarde; pero el diablo mismo se asustaría encontrándose un ataúd en su cuarto, después de una sesión espiritista...

Entonces, balbuceando y tartamudeando, conté al médico los ataúdes que había visto yo también. Por unos momentos nos quedamos mudos, mirándonos fijamente. Después para convencernos de que todo aquello no era un sueño, empezamos a pellizcarnos.

-Nos duelen los pellizcos a los dos- dijo finalmente el médico-; lo cual quiere decir que no soñamos y que los ataúdes, el mío y los de usted, no son fenómenos ópticos, sino que existen realmente. ¿Qué vamos a hacer?

Pasamos una hora entre conjeturas y suposiciones; estábamos helados, y, por fin, resolvimos dominar el terror y entrar en el cuarto del médico. Prevenimos al portero, que subió con nosotros. Al entrar, encendimos una vela y vimos un ataúd de brocado blanco con flores y borlas doradas. El portero se persignó devotamente.

-Vamos ahora a averiguar- dijo el médico temblando – si el ataúd está vacío u ocupado.

Después de mucho vacilar, el médico se acercó y, rechinando los dientes de miedo, levantó la tapa. Echamos una mirada y vimos que... el ataúd estaba vacío. No había cadáver; pero sí una carta que decía: "Querido amigo: sabrás que el negocio de mi suegro va de capa caída; tiene muchas deudas. Uno de estos días vendrán a embargarle, y esto nos arruinará y deshonrará. Hemos decidido esconder lo de más valor, y como la fortuna de mi suegro consiste en ataúdes (es el de más fama en nuestro pueblo), procuramos poner a salvo los mejores. Confío en que tú, como buen amigo, me ayudarás a defender la honra y fortuna, y por ello te envío un ataúd, rogándote que lo guardes hasta que pase el peligro. Necesitamos la ayuda de amigos y conocidos. No me niegues este favor.

El ataúd sólo quedará en tu casa una semana. A todos los que se consideran amigos míos les he mandado muebles como éste, contando con su nobleza y generosidad. Tu amigo Tchelustin."

Después de aquella noche, tuve que ponerme a tratamiento de mis nervios durante tres semanas. Nuestro amigo, el yerno del fabricante de ataúdes, salvó fortuna y honra. Ahora tiene un funeraria y vende panteones; pero su negocio no prospera, y por las noches, al volver a casa, temo encontrarme junto a mi cama un catafalco o un panteón.

Bela Kisz

Como todo buen depredador que se precie, esconderse bajo una apariencia cándida e inocente es Conditio sine qua non para que no se descubra demasiado pronto su pastel. Bela Kisz se aplicó bastante bien al respecto. Corría el año 1916, Bela vivía en Czinkota, una pequeña villa de Hungría con su esposa María (quince años más joven), una joven mujer muy amable. A la llegada al pueblo, alquilaron una casa y contrataron a dos empleados para la casa. El húngaro, por motivos de negocios, pasaba largas temporadas lejos de su mujer fuera del hogar, al que, en su ausencia, acudía un joven artista llamado Paul Bikari. Los vecinos comenzaron a sospechar de las continuas infidelidades de María y creyeron oportuno avisar a Bela. María, sin embargo, se adelantó a los acontecimientos y escribió una carta a su marido explicándole que le abandonaba. Bela, destrozado, decide despedir a los criados y contratar a un ama de llaves. Durante un tiempo, Bela se encerró en su casa, a la que sólo dejaba pasar a mujeres durante la noche. Por entonces, en el pueblo se comentaba que estallaría la guerra, a lo que Bela demostró ser bastante previsor se proveyó de suficiente combustible almacenado en una serie de depósitos cilíndricos en su sótano. Al mismo tiempo, comenzaban a aparecer noticias diarias sobre la desaparición de mujeres. Se sospechaba de un hombre llamado Hoffman, pero éste acabó desapareciendo y la investigación continuó por otros caminos. Estalló la guerra y Bela fue llamado a las filas, a lo que éste alegó que padecía problemas de corazón. Le hicieron revisiones médicas y, al ver que estos supuestos problemas cardíacos eran patrañas, le mandaron a la guerra. A su partida, decida entregar la llave de su sótano al Condestable para que utilizase su combustible si él no volvía. Tan sólo 5 meses después, Bela Kisz muere en un hospital militar de Belgrado. El Condestable publicó la donación que había hecho Bela de sus bidones. Las autoridades entran en su propiedad y cuál fue la sorpresa, la esperada: descubren 19 cadáveres escondidos en los supuestos barriles de combustibles. Sólo encontraron gasolina en uno de los bidones. Obviamente, uno de esos cuerpos era el de su mujer María y el de su amante (también el de su vecina. El primero de ellos aparecía estrangulado con una bufanda de seda. Todos conservados en alcohol. Días después, hallarían 10 cadáveres más enterrados en el jardín de la casa y 12 en un bosque contiguo al domicilio. Pasó el tiempo y una noticia conmocionó al pueblo entero: Bela Kisz había conseguido cambiar de identidad con otro soldado y, lógicamente, no estaba muerto. Se siguió en la investigación, pero nunca llegó a saberse nada más sobre Bela. La pista más fiable la daría un legionario francés, cuando afirmó haber conocido a un tipo que se enorgullecía de haberse hecho rico a costa de la muerte de millonarias. Bela conseguía una y otra vez eludir la investigación policial. Se dijo que le habían visto en Francia, Budapest o incluso en Nueva Cork, Lo cierto es que nunca más se supo nada de él. Las últimas noticias apuntan a su exilio en Sudamérica donde seguiría mutando de aspecto. Así fue como nació el mito del “vampiro”. Lo que comenzó siendo un crimen pasional, acabó siendo toda una serie de crímenes sin marcas de sangre, perpetrados por el hombre más amable y atento del pueblo, un hombre educado, respetuoso y cálido. Al menos eso es lo que decían los criados de su casa. Curiosa actitud, así como curiosa su muerte. Nunca encontraron su cadáver, por lo que siguió considerándosele como un desaparecido en combate.

Sombra (Parábola) (Shadow -- A Parable-1850) por Edgar Allan Poe

Sí, aunque marcho por el valle de la Sombra...
(Salmo de David, XXIII.)

Vosotros los que leéis aún estaís entre los vivos, pero yo, el que escribe, habré entrado hace mucho en la región de las sombras. Pues en verdad ocurrirán extrañas cosas, y se sabrás cosas secretas, y pasarán muchos siglos antres de que los hombres vean este escrito. Y, cuando lo hayan visto, habrá quienes no cran en él, y otro dudarán, más unos pocos habrá que encuentren razones para meditar frente a los caracteres aquí grabados con un estilo de hierro.

El año había sido un año de terror y de sentimientos más intensos que el terror, para los cuales no hay nombre sobre la tierra. Pues habían ocurrido muchos prodigios y señales, y a lo lejos y en todas partes, sobre el mar y la tierra, se cernían las negras alas de la peste. Para aquellos versados en la ciencia de las estrellas, los cielos revelaban una faz siniestra; y para mí, el griego Oinos, entre otros, era evidente que ya había llegado la alternación de aquel año 794, en el cual, a la entrada de Aries, el planeta Júpiter queda en conjunción con el anillo rojo del terrible Saturno. Si mucho no me equivoco, el epecial espíritu del cielo no sólo se manifestaba en el globo físico de la tierra, sino en las almas, en la imaginación y en las meditaciones de la humanidad.

En una sombría ciudad llamada Ptolemáis, en un noble palacio, nos hallábamos una noche siete de nosotros frente a los frascos del rojo vino de Chíos. Y no había otra entrada a nuestra cámara que una alta puerta de bronce; y aquella puerta había sido fundida por el artesano Corinnos, y, por ser de raro mérito, se la aseguraba desde adentro. En el sombrío aposento, negras colgaduras alejaban de nuestra vista la luna, las cárdenas estrella y las desiertas calles; pero el presagio y el recuerdo del Mal no podías ser excluidos. Estábamos rodeados por cosas que no puedo explicar distintamente; cosas materiales y espirituales, la pesadez de la atmósfera, un sentimiento de sofocación, de ansiedad; y por sobre todo, ese terrible estado de la existencia que alcanzan los seres nerviosos cuando los sentidos están agudamente vivos y despiertos, mientras las facultades intelectuales yacen amodorradas. Un peso muerto nos agobiaba. Caía sobre los cuerpos, los muebles, los vasos en que bebíamos; todo lo que nos rodeaba cedía a la depresión y se hundía; todo menoslas llamas de las siete lámparas de hierro que iluminaban nuestra orgía. Alzándose en altas y esbeltas líneas de luz, continuaban ardiendo, pálidas e inmóviles; y en el espejo que su brillo engendraba en la redonda mesa de ébano a la cual nos sentabamos cada uno veía la palidez de su propio rostro y el inquito resplandor de las abatidas miradas de sus compañeros. Y, sin embargo, reíamos y nos alegrábamos a nuestro modo – lleno de histeria-, y cantábamos las canciones de Anacreonte – llenas de Locura-, y bebíamos copiosamente, aunque el purpúreo vino nos recordaba la sangre. Porque en aquella cámara había otro de nosotros en la persona del joven Zoilo. Muerto y amortajado yacía tendido cuan largo era, genio y demonio de las escena. ¡Ay, no participaba de nuestro regocijo!. Pero su rostro, convulsionado por la plaga, y sus ojos, donde la muerte sólo habá pagado a medias el fuego de la pestilencia, parecían interesarse en nuestra alegría, como quizá los muertos se interesan en la alegría de los que van a morir. Más aunque yo, Oinos, sentía que los ojos del muerto estaba fijos en mí, me obligaba a no percibir la amargura de su expresión, y mientras contemplaba fijamente las profundidades del espejo de ébano, cantaba en voz alta y sonora las canciones del hijo de Teos.

Poco a poco, sin embargo, mis canciones fueron callando y sus ecos, perdiéndose entre las tenebrosas colgaduras de la cámara, se debilitaron hasta volverse inaudibles y se apagaron del todo. Y he aquí que de aquellas tenebrosas colgaduras, donde se perdían los sonidos de la canción, se desprendió una profunda e indefinida sombra, una sombra como la que la luna, cuando está baja, podría extraer del cuerpo de un hombre; pero ésta no era la sombre de un hombre o de un dios, ni de ninguna cosa familiar. Y, después de temblar un instante entre las colgaduras del aposento, quedó por fin, a plena vista sobre la superficie de la puerta de bronce. Mas la sombra era vaga e informe, indefinida, y no era la sombra de un hombre o de un dios, ni un dios de Grecia, ni un dios de Caldea, ni un dios egipcio. Y la sombra se detuvo en la entrada de bronce, bajo el arco del entablamento de la puerta, y sin moverse, sin decir una palabra, permaneción inmóvil. Y la puerta donde estaba la sombra, si recuerdo bien, se alzaba frente a los pies del joven Zoilo amortajado. Mas nosotros, los siete allí congregados, al ver como la sombra avanzaba desde las colgaduras, no nos atrevimos a contemplarla de lleno, sino que bajamos los ojos y miramos fijamente las profundidades del espejo de ébano. Y al final yo, Oinos, hablando en voz muy baja, pregunté a la sombra cual era su morada y su nombre. Y la sombra contestó: "¡Yo soy sombra, y mi morada está al lado de las catacumbas de Ptolemáis, y cerca de las oscuras planicies de Clíseo, que bordean el impuro canal de Caronte!".

Y entonces los siete nos levantamos llenos de horror y permanecimos de pie temblando, estremecidos, pálidos; porque el tono de la voz de la sombra no era el tono de un solo ser, sino el de una multitud de seres, y variando en sus cadencias de una sílaba a la otra, penetraba oscuramente en nuestros oídos con los acentos familiares y harto recordados de mil y mil amigos muertos.

Feliz Año Nuevo 2010

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Os deseo a todos un Feliz y Próspero Año Nuevo 2010...

Miyavi [ Onpu no Tegami ] - Piano


Algunas veces solo necesitamos una melodía para expresar nuestros sentimientos; una composición mágnifica con una belleza soberbia..

Edipo y las Fenicias de Euripides

Creo que todos conocen la historia de Edipo Rey. La versión de Sofócles, es en la que Edipo se casa con su madre Yocasta y cuando se enterade toda la verdad, esta se suicida al instante y Edipo se ve repudiado por sus hijos y huye con su hija Antigona, a los cuales maldice con que se mataran el uno al otro.
Existen otras versiones, una de las que más me gustan es la de las Fenicias de Euripides, donde Yocasta es el centro de la obra, y los acontecimientos discurren de distinta manera. Yocasta no muere al instante sino que en vez de anteponer su yo(reina), antepone su yo(madre) e intenta mediar en el conflicto entre sus dos hijos. Se dedíca a cuidar de sus hijos y de su marido ciego, aunque ya no viendo a Edipo como su marido, sino uniendole a el otro tipo de cariño. Al final Yocasta muere, pero debido a su fracaso como madre, viendo la situación en que Edipo se encuentra, ciego; y sobre todo el enfrentamiento y la muerte de su hijos.

También para Eurípides, Yocasta, al suicidarse, expresa su odio por Edipo, que no ha podido detener su cólera y devolver a su descendencia algo mejor de lo por él recibido.


La Yocasta de Sófocles, más reina que madre, parece regir su conducta por los mismo cánones que se aplican a Edipo: se da la justicia por su propia mano. Si decimos que prima su condición de reina sobre la de madre, es que aquí Yocasta atiende primordialmente a su papel público (el de reina) y desatiende su lugar como mujer.

Esta Yocasta no parece preocuparse por consolar a Edipo, ni tampoco la detiene el pensamiento de sus cuatro hijos. La identificación de Yocasta parece ser en este caso con un ieal “público” de virtud y justicia que le impide continuar viviendo, luego de haber cometido el crimen del incesto. Al mismo tiempo podemos decir que hay una “desidentificación” de su lugar de madre y esposa.

En cambio, para Eurípides, aquello que a Yocasta le resulta insoportable tolerar es que sus hijos se den recíprocamente la muerte, sin haberlos podido salvar de la maldición paterna.

La Yocasta de Eurípides se identifica con un ideal materno. Cuando se le repite la historia, deja de lado la pasividad para defender a los hijos. La función materna de conservación de la vida prevalece por encima de toda otra consideración. Podemos decir entonces que el ideal que defiende Yocasta tiene su anclaje en el sentimiento “privado” de misericordia.

Curiosamente, para ninguno de los dos autores, parece Edipo enojado con Yocasta, sino que se trata de una nefasta maldición de los dioses. Tampoco están los hijos enojados con Yocasta, pero sí lo están con Edipo. Parece claro que en ambas versiones es Edipo el transgresor por excelencia.

*****

Podríamos detectar en estas dos versiones del mito dos líneas de pensamiento:

- Una primera línea toma en cuenta el cumplimiento inexorable del oráculo trágico: Edipo ha cometido los dos crímenes primordiales -parricidio e incesto- y debe sufrir por ello, arrastrando a todos -Yocasta en primer término- en su castigo. Esta es la versión de Sófocles.
- Una segunda línea respondería a una vertiente que da al menos cabida a la esperanza: el oráculo se cumple y Edipo se revela incestuoso y parricida ; pero quizás la intervención de la figura femenina - Yocasta se suma su hija Antígona- pueda salvar a los descendientes de Edipo de la destrucción. Hay un intento de detener la inexorable tragedia.


Así los personajes de Eurípides parecen desdoblarse: son por una parte “juguetes del destino” y personajes movidos por hilos invisibles del drama inexorable; pero son también por otra parte personajes movidos por sus lealtades afectivas. En el caso de Yocasta, el amor por los hijos como sentimiento visceral prevalece por encima de la “razón de Estado” y también sobre la vergüenza que lleva a Yocasta al suicidio en el drama de Sófocles.

Yocasta, para Eurípides, es sobre todo una madre. Ha sobrevivido a la vergüenza por lo sufrido con Edipo, ahora se trata de salvar a sus hijos. Si puede salvar a sus hijos, si puede detener el combate, quizás pudiera revertirse la suerte. Pero los dioses han sido adversos: Yocasta llega tarde, los hijos agonizan, Y Yocasta se da muerte con la misma espada que ha causado la muerte de sus hijos.

Creo que merece la pena leer esta versión, distinta y no menos interesante....

Orion

Según la mitología griega, Orión era hijo del dios del mar, Poseidón. Su habilidad como cazador despertó la ira de Diana, la diosa de la caza, que lo mandó a luchar contra el escorpión, el cual le dio muerte. Los dioses, conmovidos, transformaron tanto al escorpión como al cazador en constelaciones.Orión es la constelación más bella del cielo. Es claramente del invierno, y con razón se la denomina "La Catedral del Firmamento".Para ver a Orión, basta levantar nuestros ojos en invierno hacia el cielo del sur, para que encontremos la constelación sin dificultad.Orión es el cazador del cielo, que siempre está cazando acompañado de sus dos perros el Can Mayor (donde está Sirio) y el Can Menor (donde está Proción). De Orión, hay tanto que hablar que harían falta varios volúmenes, para hablar sólo de ella.En la mitología antigua se dice que :Orión era un temido cazador que perseguía a Aldebarán, el toro del cielo y llevaba siempre acompañándole a sus dos perros el Can Mayor y el Can Menor. Se hablaba de que Orión, siempre estaba presumiendo de su valor y al parecer, tenía fama de poder vencer a cualquier fiera. Por ello el dios Júpiter, le envió para matarlo al Escorpión. Sin darse cuenta, lo colocó en el cielo en el lado opuesto a donde se encontraba Orión y por ello se dice que cuando Orión aparece por el cielo del este, el Escorpión desaparece por el cielo del oeste y cuando el Escorpión aparece, Orión desaparece, y así sin terminar jamás. Y termina la leyenda diciendo que la persecución es eterna e implacable.

La caja de Pandora

Cuando Prometeo, uno de los titanes, creó la raza humana, Zeus se mostró enormemente celoso de su hazaña y ordenó a Hefesto que formara a una mujer, para dársela como premio por sus labores a Prometeo, pero también como forma de sentirse superior a él. Hefesto modeló arcilla y consiguió crear a dicha mujer, llamada Pandora. Pandora nació con una enorme belleza y todos los dioses quedaron prendados de su hermosura, colmándola de dones. Atenea le concedió sabiduría, Hermes le dio elocuencia y Apolo dotes para la música. Zeus por su parte, añadió a todos estos presentes una hermosa caja, que se suponía contenía inmensos bienes y presentes para Prometeo, pero, con todo, ordenó a Pandora que no la abriera bajo ningún concepto, lo que ello prometió a pesar de su curiosidad. Fue así entonces como Pandora y su caja fueron ofrecidos a Prometeo, quien, astuto y precavido rechazó a ambas y le indicó a su hermano Epimeteo que, como había hecho él, desconfiara de cualquier regalo de Zeus. Sin embargo, Epimeteo se enamoró locamente de Pandora nada más verla y se desposó con ella aceptando la caja como dote. Entonces, Epimeteo, de una ávida curiosidad, abrió la caja, de la que no salieron más que horribles males, enfermedades, guerras, hambres y otras calamidades. Horrorizado, intentó cerrarla, pero sólo consiguió retener dentro la esperanza, que ayuda desde entonces a todos los hombres a soportar los males de la caja de Pandora, extendidos por toda la faz de la tierra. Prometeo, que era benefactor de los seres humanos, se vengó con Zeus, aunque eso le costó múltiples sufrimientos. Otros Relatos afirman que fue Pandora quien abrió la caja. También existe otra versión según la cual la caja contenía múltiples bienes para la humanidad, pero éstos eran destruidos al abrir la caja.
 
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